El estado civil y la nevera

Por @LápizySartén

Publicado en El Espectador el 10 de octubre de 2015  Ver publicación on line 

¿Se han preguntado qué tienen que ver los productos que habitan en la nevera con nuestro estado civil, e incluso, con nuestra edad? Échenle un vistazo al interior de su compañera rectangular y verán de qué les hablo.

La que más recordamos con cariño es la de nuestra infancia: siempre abundante, generosa y nutritiva. Era una pequeña muestra de un supermercado, y la responsabilidad de su surtido recaía en la mamá, quien conocía los gustos de toda la familia. Cuando la abríamos, siempre estaba repleta de nuestros alimentos favoritos y de una que otra sorpresa como señal de amor. Qué emoción era llegar del colegio y encontrar carnes frías, despegarlas con cuidado del plástico y saborearlas una a una. Era un premio para el paladar.

Pronto, crecemos y nos convertimos en adolescentes detestables, y algunos productos que no nos interesaban de niños, nos comienzan a llamar ‘demasiado’ la atención. Es así como las cervezas comienzan a desaparecer de la puerta de la nevera “como por arte de magia”, al igual que el vino de cocina. ¿Quién se me está tomando el vino de caja? Preguntaba mi mamá desconcertada.

Quienes se independizan, compran una pequeña o la piden prestada, como en mi caso.

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De mi apartamento de soltera todavía recuerdo con nostalgia la nevera marca Centrales, setentera, verde menta y pesada como un elefante. Foto: @Lápizysartén. 2007. 

Era saludable pero básica, con tuppers con fruta picada, huevos, bebidas lácteas, jamón, queso, verduras de la semana, y cerveza, por supuesto. La antítesis, es la típica de un hombre soltero joven, en donde siempre habrá un limón dañado; jamoneta de un color desconfiado; cerveza ‘a la lata’, una caja de guaro, pan de molde y margarina. Aclaro que todos los productos, menos el trago, han caducado.

Cuando nos casamos, el ahora ‘nevecón’ se recupera y se vuelve a ser el centro de atención. Por algo dice el refrán: “barriga llena, corazón contento”. Ahora, productos exquisitos como quesos franceses, jamones curados y embutidos se apoderan de los estantes, al igual que un sinnúmero de salsas. En la mía, no pueden faltar naranjas para hacer jugo natural, frutas y verduras, de lo contrario, siento cargo de conciencia.

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En las neveras de los viajeros, jóvenes, viejos, solteros, casados, divorciados o viudos, no puede faltar la colección de imanes. Foto: @Lápizysartén. 

Algunas parejas quedan con la barriga vacía y el corazón triste. Es el caso de los divorciados que vuelven a una nevera básica, para una sola persona, con la diferencia de que ahora, los domicilios y la casa de los papás, son comodines para no pasar hambre. Hay huevos, queso, jamón, una que otra verdura y fruta, jugo de naranja en bolsa y claro: cerveza.

Otros, logran vivir muchos años con una nevera llena y su corazón contento, hasta el día en que llega la muerte para alguno de los dos. No solo cambia su estado civil, también su nevera. De nuevo está vacía y el corazón, triste. Quizás, el compartimiento más lleno es el refrigerador en donde almacenan almuerzos y cenas porcionados. Aunque cuando los nietos lo visitan, la compañera de aventuras culinarias se llena de alegría con Alpinitos, jugos y yogures.

El ecosistema de una nevera sí está directamente relacionado con el estado civil y la edad de su dueño, convirtiéndose en un ciclo interminable, porque la los abuelos se convierte en la de los nietos. ¿O acaso cuando no había Pony Malta o maltandina en la nevera de mi abuela?

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