Homenaje a las empleadas

Publicado en El Espectador el 19 de octubre de 2015 Ver versión on line 

Por @Lápizysartén

María Luisa, Mauricia, Tuti, Ludis, Evelia, Patricia, María, Adriana, Sol Fanny y Nelly son los nombres de aquellas mujeres trabajadoras que jamás olvidaré.

Provenientes de diferentes rincones del país —pasando por Sasaima hasta llegar a Ortega, Moniquirá y El Banco— dejaron una huella invaluable en la cocina de mi casa paterna y en las papilas gustativas de quienes tuvimos el honor de probar sus preparaciones.

Ellas, nuestras empleadas, aportan de manera humilde y sencilla, el secreto de la cocina de campo y la sazón de la tradición que todos los cocineros y chefs de hoy en día se pelean por encontrar o heredar.

Impregnan nuestras experiencias culinarias con guisos, sancochos, patacones, sudados, arroces blancos y sencillos sándwiches de jamón y queso, elaborados con mucho cariño. Sí: cada una de ellas, dotadas de manos querendonas, dejó un sentimiento especial en cada plato que nos sirvió en la mesa.

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Foto: @Lápizysartén

Queramos reconocerlo o no, fueron las moldeadoras de nuestros paladares. En ellas recaía y recae una parte de la alimentación diaria de la familia, un cargo difícil de llenar, sobre todo porque deben saberse “de pe a pa” el punto exacto de sal y picante que nos gusta, el término personalizado de carnes y pastas e, incluso, el emplatado final, con más salsa para algunos y sin salsa para otros.

Ellas me consintieron mucho a lo largo de mi vida a través de su cocina, guiadas siempre por mi mamá: fueron testigos de mi crecimiento, me alcahueteaban mi sopa de gupis con hierbas del campo, fueron recursivas y pacientes, y miembros activos de la familia.

A algunas les seguí el rastro, a otras las perdí por completo, pero su legado vive en mí cada vez que diseño la circunferencia de una arepa, desgrano arveja, corto cebolla, tomate y cilantro para preparar un ají casero, o disfruto de la cebolla que salta juguetona en el aceite.

Algunos hablan de ellas con orgullo, otros las han olvidado y no les deben nada, pero lo cierto es que debemos estar agradecidos por haber sido bendecidos con su presencia en nuestras vidas. Hoy, mi cocina cuenta con un diamante en bruto: Mary Luz, quien ha aprendido a leer mi mente y me sorprende día a día con su . Gracias a todas.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. linajapoo dice:

    Se me aguaron los ojos y se me quebranto un poco la voz al leer este precioso articulo. Para empezar, es bastante triste darse cuenta que a medida que avanza el tiempo, mas nos alejamos de nuestra comida de casa. No lo digo por que algunos días comamos en restaurantes o en comidas rápidas, sino porque nosotros como gastronomos, estamos en búsqueda del avance, de lo moderno, de lo nuevo, de lo científico, olvidando por completo lo que realmente esta en nuestra sangre: Las nanas, señoras que colaboran con el servicio de casa o como ustedes las llamen de cariño. Estas mujeres, que están hechas del ingrediente secreto, con sus manitas anchas y cansadas de trabajar, cargan amor a donde vayan, y cada vez que cogen una simple sartén, terminan llenándola de amor físico y reconfortante. Creo que es momento de la pausa, de mirar hacia atrás, de recordar que no hemos vuelto a comer de nuestra casa, y no dejar perder estas delicias tradicionales que nos han hecho quienes somos.

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