Traumas gastroinfantiles

Por @Lápizysartén

Publicado en El Espectador el 5 de octubre de 2015 Ver publicación on line

 

Anoche conocí a una señorita que odia el tomate. Nunca pensé encontrarme con alguien que despreciara a un patrimonio gastronómico de la humanidad, primordial en la canasta familiar sin importar cultura, raza, nivel socioeconómico o religión.

Ver Cata de tomates italianos desde La Toscana por @Lápizysartén

De hecho, no es sorprendente rechazar el brócoli por su aroma; la remolacha por su color y sabor dulzón; y la cebolla y el ajo porque impregnan el aliento sin piedad. Ni hablar del queso azul, las aceitunas y las anchoas que conviven entre amores y odios. ¿Pero resistirse a la jugosidad y la frescura de un tomate maduro pero firme?

Acorralé a la señorita con prudencia y le pregunté si lo despreciaba desde que era una niña. Me contestó que sí porque su mamá “se lo embutía”. Gracias a esa respuesta comencé a salpimentar una teoría: ella tiene un mal recuerdo, por eso asocia el tomate con un sentimiento negativo.

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Foto: @Lápizysartén. Mercadeo de Rialto. Venecia. 2011.

El hecho de que rechacemos un sabor en nuestro espectro culinario depende de muchos factores, pero personalmente, creo que se remonta a los recuerdos de la infancia.

Absolutamente todos sufrimos de traumas gastroinfantiles por culpa de una empleada, una mamá o una abuela que, contrario a lo que dicen, cocinaba muy mal; de un producto dañado que comimos y nos intoxicó; de alguien que nos dijo que jamás probáramos ese adefesio culinario; de nuestra mamá que nos “embutía” o nos metía en la cabeza que algo sabía mal porque simplemente a ella no le gustaba.

Y así fuimos creciendo, llenos de traumas. Hoy en día, siendo adultos hechos y derechos, continuamos mencionando frases como: “sin cebolla por favor”, “¿le puede quitar el queso a la pizza?”, “¿Cómo te puedes comer una alcachofa?” o “Yo no como paisaje, eso es para las vacas”.

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Foto: @Lápizysartén. Corazones de alcachofa preservados en agua. Mercado de Rialto. Venecia. 2011.

Juzgamos a quien rechaza un pescado porque le huele demasiado a mar; o a alguien que pide con fervor que le asen la carne ´término ‘suela de zapato’ porque le tiene pánico a los jugos sangrientos que emanan de su interior, desconociendo el trasfondo de esas heridas que vienen desde la edad de la inocencia. Quizás rechazamos el amargor de la rúgula o del Campari no por falta de educación culinaria sino porque nuestro paladar es dulce como la panela, como la caña de azúcar con la que crecimos.

Hagamos un intento esta semana y perdonemos al menos un sabor que llevemos rechazado desde hace décadas. Démosle una segunda oportunidad. Yo lo hice con las . Mi humanidad se derrumbaba cada vez que me las obligaban a comer en el colegio. Mi recreo transcurría contemplando con amargura esa inmundicia café que se desintegraba en la eternidad.

Parte de nuestro desarrollo cultural está en cultivar el paladar, respetando y valorando un sinfín de sabores que poco a poco iremos entendiendo, para así ponerle fin a esos traumas gastroinfantiles.

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