El que come solo

Publicado en El Espectador el 20 de diciembre de 2015 Haz clic para ver versión On Line 

   Comer solo es de los planes más intimidantes que hay. Vemos a los neoyorquinos comerse un sándwich en el Central Park solos en una banca, a los españoles tapear y tomar cañitas solos en una barra, y a los japoneses almorzar un ramen, de pie, solos, en menos de 10 minutos, y no nos parece extraño. Pero pedir una mesa para una sola persona sigue siendo visto con ojos de compasión.

Desde la entrada al restaurante, la bienvenida es dudosa porque siempre esperan a que alguien más venga detrás, o por lo menos tienen la esperanza de que el acompañante esté retrasado y pronto llegue a ocupar su lugar frente a nosotros. Escogemos una mesa esquinera mirando hacia la terraza para no “velarles” la comida a los demás, mientras todos se preguntan por qué estamos solos, si acaso no tenemos amigos, familiares o “alguien” que comparta con nosotros.

Al ver que nadie llegará, desmontan el puesto de al frente, nos entregan la carta y comenzamos a filosofar acerca de qué pedir. ¿Una cerveza de aperitivo? No: “el que toma solo, muere solo”, mejor una limonada; la carne se me demora mucho, un pescado mejor -aunque no es la especialidad- o pollo, pero comí ayer y no quiero repetir.

Almorzaremos un salmón con ensalada verde y tagliatelle. En ese momento los minutos comienzan a dilatarse. Revisamos correo, chateamos, subimos posts y comenzamos a extrañar esa presencia, aunque la tendencia sea a estar “pegado al celular”, incluso a la hora de comer. Quizá hayan oído de algunos restaurantes que invitan a los comensales a conversar entre ellos -como los viejos tiempos- en vez de chatear, “decomisándoles” sus celulares. Buena iniciativa, pero los que comen solos ahora tienen una excusa para revisar su celular mientras llega su cena, ¿no?

Llega el almuerzo y comenzamos a criticarlo según nuestras expectativas y bajo nuestros propios parámetros: me lo imaginaba más parecido a la foto, el salmón está seco, se les pasó de término; muy poca ensalada, la pasta “bucea” en crema y mantequilla, y la limonada, amarga, como nuestro almuerzo solitario “velado” por los ojos de los demás, que aún no entienden que es válido comer solo.

Al final nos preguntamos: ¿Se cumplirá el refrán: “El que come solo muere solo”? ¿Será que cuando comemos acompañados dejamos pasar un “lujo de detalles” por estar inmersos en una conversación? ¿Será que la comida sabe mejor cuando la compartimos? Lo cierto es que todos moriremos, algunos acompañados y otros no, pero al menos hagámoslo con la barriga llena y el corazón contento.

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