Lalo!

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Tuve que bajarme en el afamado Maximo Bistrot para preguntarle al Valet dónde quedaba Zacatecas 173. No es que sea difícil llegar sino que con esa ceguera con la que ando últimamente ¡lo pasé por alto!

Pasé la calle y en la entrada de Lalo! estaba Pedro esperándome, me recibió y me dejó hacerme donde yo quisiera. Le dije que ya venían otras las dos personas con las que iba a almorzar. Me advirtió que no se hacen reservas, pero que estaba ‘de buenas’ porque había puesto.

Hace calor. Quizás en plena primavera les haga falta unos buenos ventiladores de techo que no desentonen con el ‘look and feel’ pero que repartan mejor el aire alrededor de la gran mesa central en la que nos sentamos más de 30 comensales.

Pedro me entregó las cartas. Yo le pongo conversación y le pregunto quién es Lalo! Él me contesta que es el hombre del chef, muy famoso a propósito. Caigo en cuenta que se trata de Eduardo García, el mismo que trabajó en Pujol y líder de Maximo Bistrot, número 41 de la Lista de los mejores 50 restaurantes de Latinoamérica. “Sí que es famoso”, dije. Paralelamente, me invadió un sentimiento de melancolía porque me acordé de mi amigo Lalo Jiménez, que murió en un trágico accidente de tránsito cuando teníamos 16 años.

Antes de ojear el menú me entretuve con el tejido colorido de plástico de las canastas en las que descansan tenedores, cuchillos y servilletas eco, y con un grupo de Hipsters.

“Me recomendaron pedir un ‘Shrup’”, le dije al joven. Él, en su proactividad, me dice “Claro señorita, pero está mejor el agua carbonatada de Jamaica con jengibre” Le digo que no, que quiero mi Shrup porque tiene vinagre de vino tinto. Esta bebida acidulada norteamericana, en este caso a base de arándanos, agua carbonatada y un toque de vinagre de vino tinto me tiene fascinada, curiosamente, el vinagre refresca.

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Vuelvo mis ojos a la carta pero me entretengo de nuevo, esta vez con el mural de Bué The Warrior, el artista grafitero belga que intervino una de las paredes del comedor. Hay un pulpo que dice “Guapa”, un cono vaquero, la palabra fresa escrita…Hay color, formas ondulantes y alegría, un estilo manga muy marcado, de seres con mirada vidriosa. Me divierte y me hace sonreír.

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Lalo! by Buè The Warrior

 

Llegan mis acompañantes y decidimos compartir varios platos porque es la única forma de entender un concepto nuevo. Respeto a quienes visitan más de tres veces un lugar y piden el mismo plato para constatar la consistencia de éste, pero mi filosofía últimamente se inclina hacia ir siempre acompañada a comer y siempre compartir muchos platos para poder llevarme varios recuerdos. ¿Acaso no es lo que buscamos? ¿Vivir una experiencia?

Pedimos Toast de salmón ahumado en casa ($170) La base es una tostada de maíz azul crocante, le sigue el salmón, hojas de cilantro (me encanta como las usa, así salvajes, rústicas, a lo Jamie Oliver) tajadas de aguacate, rodajas de jalapeño y pepino en brunoise.  Un must.

 

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La vinagreta es de jitomate con tomates rostizados. 

Le sigue una entrada del día: Quijada de Hamachi ($100) crocante, jugosa, con un recuerdo graso, para comérsela con las manos, acompañada de una ensaladilla de cilantro, cebolla morada, limón amarillo exprimido, bien aderezada. Fresca. Otro must.

 

Como ya no hay Camarones al horno de leña, Pedro nos ofrece un generoso Pulpo al horno de leña ($250) con ensalada de rúgula, cebolla morada y una jugosa mitad de limón amarillo. ¡Ganador ese pulpo guapo! El secreto de un buen pulpo está en su firmeza que mantiene jugos, sellados previamente. Cuando trabajé en restaurantes, muchos comensales en Bogotá se quejaban de que el pulpo estaba ‘cauchudo’ y mandaban a carbonizarlo a la parrilla o al horno. Qué sacrilegio, probé esos pulpos y de cauchudos no tenían nada.

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Este tipo de montajes aporta volumen al plato y lo hace lucir más fresco y delicado. 

Ya vamos acabando… Falta una sencilla pizza con papa, orégano y un toque de aceite de trufa ($180) Comienzo a comerla y no siento la trufa, continúo y percibo ya al final de la rebanada su perfume más no su sabor. Masa delgada pero no tan crocante como una galleta de soda y escasa de sal.

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Llegan los postres. Una Tarta de ruibarbo ($80) y un Sticky Toffee Puding ($100) El primero lleva también fresas, manzana y crujiente de almendra. Me distraigo de nuevo con Bué mientas lamo mi cucharada, volteo la mirada al plato ¡y ya no queda nada!

Los primeros en irse fueron la crema batida que llevaba en su cima y el helado de vainilla artesanal (Hasta se ven los punticos negros de la vaina desvenada) El segundo, un bizcocho de dátil con salsa de caramelo es esponjoso, suave, húmedo, bautizado también con crema y helado. Ambos esperan a que vuelta por ellos.

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Adelante, la torta de ruibardo escoltada por el Sticky Toffee. 

¿Por qué lo recomiendo? Porque Lalo! mantiene viva la raíz de la humildad, base de la cocina y la cual olvidamos todos entre esnobismos, modas y arrogancia. Porque Pedro fue un embajador del buen servicio, con su sonrisa y de nuevo, humildad; y porque Bué aporta la estética de arte pop grafitero a este encantador lugar en Condesa.

Dirección: Zacatecas 173, C. U. Benito Juárez, 06700 Ciudad de México, D.F.
Teléfono: 55 5564 3388
Facebook/LALO
@eatlalo en Instagram y Twitter
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